Inclino mi cabeza y miro temblando hacia arriba. Al frente tengo la roca vertical de la montaña que debo escalar sin cuerdas y descalzo. Un mal paso y puedo morir. En la cima, Abuna Yemata.
Bienvenidos a la iglesia más inaccesible del mundo.
En el norte de Etiopía, en la región de Tigray, están las montañas de Gheralta. Son un laberinto de arenisca roja, de farallones y pináculos que parecen puestos ahí por alguien con mucho sentido dramático, y dentro de ellos hay decenas de iglesias monolíticas: templos tallados directamente en la roca, algunos a media pared, otros en la cima de torres que parecen imposibles de escalar. Las cuentas varían según quién las haga, pero se habla de alrededor de treinta. Muchas, según la tradición local, se remontan a los primeros siglos del cristianismo etiope, que es uno de los más antiguos del mundo. Para ese día, decidí explorar tres de ellas.
La primera, la “fácil” (y pongo las comillas con toda la ironia del mundo), reune dos iglesias: Mariam Korkor y Daniel Korkor. Justo a esa hora bajaban familias, porque esa mañana había bautizos y era la primera vez que varios niños subían hasta ahí. Los crucé en el camino, niños pequeños con ropa de fiesta, bajando por una pared por la que yo ya sentía que me jugaba la vida. Es de esas escenas que te ponen en tu sitio.
El ascenso es difícil, aunque tiene un ritmo. Cada metro hacia arriba te recuerda que estás a casi 2000 metros de altura, y que tus pulmones, acostumbrados a otra cosa, no estaban preparados para esta conversación. Kirbten, mi guía, sube la montaña con su cartera al hombro mientras me cuenta que así la subía cuando estaba embarazada, y después con un bebé en la espalda. Yo, mientras tanto, voy jadeando detrás de ella como un turista que acaba de descubrir lo que es el ejercicio.
Empiezo entonces a copiar cada uno de sus movimientos. Descubro rápido por qué: si decido poner el pie en otro lugar, resbalo. Lo aprendí en los primeros metros, y lo aprendí bien.
Después de tomar un poco de “agua bendita”, me encuentro con el cura de la iglesia. Va a buscar la llave para abrir Daniel Korkor, la más ricamente decorada de las dos, a la que hay que llegar por un camino que bordea la montaña.
Entonces veo que el man intenta una y otra vez abrir la puerta, y otra, y otra más. Frustrado, acepté el destino como venía: solo pude ver la iglesia por una rendija. Es uno de los gajes del oficio: viajas medio mundo, subes una montaña y la puerta no abre. No pasa nada; casi nunca pasa nada, y a veces el viaje consiste en llegar a una puerta cerrada y aprender a aceptarlo.
A lo lejos, veo una roca que asoma en el horizonte. El guía dice que se puede ir desde aquí, pero que el camino es muy peligroso, y que es mejor bajar… y volver a subir.
—Debería haber un cable —me dice.
—No, créeme que no. Hay lugares en el mundo que deberían seguir siendo difíciles —le respondo.
Abuna Yemata es posiblemente el lugar de culto físicamente más difícil de alcanzar del mundo, aunque no lo llamaría el más inaccesible (creo que Tristán de Acuña gana). La iglesia lleva el nombre de uno de los Nueve Santos, monjes que, según la tradición, llegaron a Etiopía a finales del siglo V y fundaron monasterios por todo el norte del país. Se dice que Yemata eligió este pináculo como ermita, un sitio que ya de por sí parece pensado para que nadie lo moleste.
Su presencia te domina. Desde abajo, solo ves una pared de roca; la iglesia está escondida detrás. Así que no tienes ni idea de cuánto hay que subir, solo sabes que hay que subir para estar “lo más cerca del cielo”.
Entonces piden que te quites los zapatos y todo aquello que haga peso, porque estás en tierra santa.
Levanto la mirada como tratando de buscar la meta y no veo nada: la roca a centímetros de mi garganta y, detrás, el abismo. No hay otra opción.
Es verdad que podrías decir “te puedes devolver”. Pero después de tantos kilómetros recorridos, y con una sola cosa que hacer en el día, te autoconvences de que no hay vuelta atrás. Piensas que nadie ha fallecido en siglos, pero también piensas que nadie habla de las personas que se han caído.
Y tal vez el problema sea pensar, pensar más de la cuenta. La roca no es lo único que está desnudo: para subirla, la mente también debe estarlo.
Acordándome de las lecciones de Bastian, años atrás en los muros de escalada, empiezo a amoldar las manos. Una pequeña cornisa, un borde que ha sido excavado, desgastado y pulido por las manos de otros tantos que han venido hasta aquí. Siglos de dedos que dejaron su marca para que yo pudiera agarrarme.
El pie despega del suelo y ya no hay marcha atrás.
En momentos de no pensar, -porque tal vez el problema sea pensar demasiado- de repente me doy cuenta que he trepado la pared. Le tengo miedo a las alturas y de repente, había escalado una montaña con mis manos y descalzo.
Evan Williams, WikiCommons
Después de caminar por ese estrecho borde, con una caída de unos 250 metros, el cura saca las llaves y te abre la puerta.
Según la tradición, debido a lo inaccesible de Abuna Yemata, la iglesia sobrevivió a las quemas de la reina Gudit, una figura entre la historia y la leyenda a la que la tradición etiope atribuye la destrucción de muchas iglesias hacia el siglo X. Es difícil destruir lo que no se puede alcanzar.
Por eso entrar es un tesoro para los sentidos.
En ese momento me dije a mi mismo que mi vida es una chimba. Lo he oído de otras bocas pero jamás me lo había dicho a mi mismo y sentí por primera vez que me lo tenía que creer. Y sentí que lo que me falta en la vida para ser exitoso es que me lo tengo que creer. Había logrado estar en un lugar que así tengas mucho dinero, si no estás en condiciones físicas y mentales, no puedes acceder. He tocado lugares que jamás soñé tocar, he aprendido a explorar el mundo y sé que ese es mi amor más profundo. Puedo mirar fotos y no solo decir “ahí estuve”, sino, más importante, “ahí aprendí”. Me pasa por simple admiración a lo humano y por no tener miedo a lo vulnerable, porque en la vulnerabilidad se descubre la empatía.
Pensé que la meta era llegar, pero en realidad es volver, porque bajar es bajar a ciegas: no ves dónde poner los pies y, si lo haces, ves el abismo. Estás cansado y quieres acabar rápido, pero ese afán es el peor enemigo. Ahí dependes, al extremo, de confiar en los demás. Mi pierna derecha no encontraba dónde apoyarse. Por mucho que el chico me dijera dónde, no encontraba ni veía el sitio. Eran los últimos metros y ahí, por un segundo, me desesperé.
No gano nada con estar desesperado.
Miré abajo, vi el abismo y, en ese segundo, lo ignoré. Si le prestaba atención, caía. Puse el pie y continué mi bajada.
Minutos después vuelvo a estar en tierra.
Inclino mi cabeza y la vuelvo a ver, estando seguro que jamás nos volveremos a ver. Dos semanas después, la guerra llega al Tigray y Abuna Yemata vuelve a quedar aislada. Para cuando todo vuelva ser, ya estaré más viejo y mi cuerpo ya no podrá hacerlo de nuevo.
Pero, lo hice.